Mía,
con los mil ojos de mis noches
dibujé tu presencia.
Vi tu cuerpo ocultarse entre mi sombra.
Te di del frío,
del hierro que sostuvo mis insomnios,
tu mirada.
Mía te di una voz,
mi voz, quizá, del llanto,
del silencio que duerme en cada vena,
del susurro que habita entre las hojas
cuando espero y no espero una pisada.
Mía,
urdí tu pelo con las horas
que tejían y destejían
aquella vaga forma de ser libre
que había en augurarte en mi tristeza.
Tensé los arcos para nunca hallarte
y pronuncié tu nombre,
suavemente,
como si todavía creyese en tu llegada.
Conocí el agua por la sed,
lo supe todo.
Pero fuiste.
Con tu pelo, tu voz
y con tu carne.
Y fuiste ya del tiempo y del espacio.
Y con tu solo cuerpo y con tu firme historia,
pronunciaste mi nombre.
Hallarte fue mirarte entre la gente,
ser del aire.
Y nada fue tan mío como el sueño.
Tenerte
fue alejarte de mi alma.


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