Detente y mira
porque, después de todo, tú eres esto.

La irrepetible rúbrica del cielo, acostumbrada;
el dócil pliegue de la ropa; el cuerpo;
la distancia marchita entre tus manos.

La anónima canción del viento que te encuentra
y cada incierta y minuciosa sombra
que llena a cada instante tu mirada:
los otros que a pedazos te componen.

Esto es todo.

Y la vida
–acaso demasiado cierta
para condescender a ser recuerdo–
sucede silenciosa, ajena y tuya:
la entraña infatigable
de tu ahora.

Observa con cuidado.

Porque esto es lo que cabe en los espejos.

Porque esto es
cuanto será tu vida.

Detente,
quizá un insecto esté escribiendo a nadie,
un rumbo, una palabra y eso es todo.

Y tal vez sólo esto
sea todo,
aquello que lo eterno significa:

la memoria sin párpados del mundo,

los ojos sin olvido

de la tierra.


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