
Incarnadine
No inclinará la brisa más que el grito
las briznas
más intactas
del silencio.
No habrá nada.
Y ningún agua le dará al olvido
la seña intolerable de tu origen.
Por más que huyas.
Por más que te bauticen otros mares
tu mano que es tu mano y flor desnuda
delatará encarnada tu presencia;
la flor que duerme enferma de descenso,
tus ayeres,
la flor que hunde sus dedos
en el musgo.
No habrá motivo.
Y tu mirada –acaso no lo sepas–
ha pervertido el rumbo de las aves.
Da media vuelta:
un animal en su sagrado miedo
sabe,
silente entre las ramas,
que tú existes.
