Atravesaban en tropel la calle
con la ardua precisión de una emboscada.

Y vi animales con la voz del llanto
hendir la roca,
el polvo huyendo
en lo alto de sus patas blancas.

Vi las paredes
rendirse ante el olor de los venenos
al vibrar en su piel la flor del aire.

Vi los ejércitos y los
cristales derrumbarse,
la antorcha, el
fuego ungiendo el
temblor de sus gargantas, su
golpe alado en el pecho de la tierra.

Los vi pasando contra el mundo
su verde retumbar contra el cemento,
rehaciendo en nuevos versos cada senda;
como un Leteo,
tornando en palimpsestos cada calle.

Pasaba en un instante la victoria.

Y tras su paso el fin:
y al fin

la nada.

Fue hace tiempo.

Atravesaban nuestra calle entre suspiros,
casi en secreto.

Y ni siquiera el polvo,
ni siquiera el desastre,
sobrevivía al frío de su ausencia.

Entonces
el tacto de la piedra me esperaba.

Después de tu risa
quedaba el cielo:

hacía falta reconstruir el mundo.


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