
Barandilla de metal oscura y fría
Pero incluso los ángeles –dijiste–
están anclados por la sombra al suelo.
Porque toda raíz se da a la tierra,
mientras la vaga lengua de las ramas
pronuncia entre sus hojas
despedidas.
Y de entre todos los jardines
–¿recuerdas?–
solo este crece y
bebe y
no respira.
El pasado
aún no era patria de las rosas,
pero sobrevolaban ya
los ruiseñores
la eterna primavera de los cementerios.
Pero tú todo el resto ya lo sabes.
Y cómo –me dijiste–
desde tan alto, ver el cielo.
Entonces un farol
bastaba para sostener la noche
cuando te hiciste silueta
de un susurro entre las paredes blancas
igual que una paloma
que no encontrara el aire.
Allí un velo de luz te recubría,
como oculta la mano ajada del pintor las flores
del vago acontecer de los ciruelos.
Y nuestros pasos eran jóvenes,
como sin duda deberían serlo
los pasos jóvenes de los mortales.
Nuestras manos demasiado grandes para el vacío.
Desnudos,
el mundo nos cubría de los pies abajo,
tan solos,
tan recónditos
e inadvertidos.
Será por eso que no aprendimos a caminar de espaldas,
como nunca aprendimos
a ver la luz a solas.
Mañana no saldrá el sol, amor, pero tú eso ya lo sabes.
Y tú aún sostienes
mi mano
como un pájaro
y las palomas sueñan con volar sin aire.
